Soy la planta más seca del jardín,
la savia cristalizada a lo largo de la varilla de mi tallo,
es el desangrar autoinfligido de la esperanza, del ensueño.
En el espacio, en el infinito; volaba hacia el cegador brillo de un
horizonte que antes solo había visto en sueños, que todos llevamos dentro. A mi
alrededor millones de personas brillaban como estrellas, avanzaban dejando una
estela dorada que al observar detenidamente contaba historias de vida;
experiencias, felicidad, amargura.
Perdió el
equilibro; Manuel Alejandro (sì, escucharon bien, Manuel Alejandro) sonrió
mientras algo afloraba en su conciencia, un recuerdo se encendía bajo la luz
fatua de la Luna; no es suficiente escuchó a alguien decir y así él también lo creía,
pues se cuestionaba la realidad de tan inusuales y enigmáticos eventos, estos
juntos, habían sistemáticamente derribado una monumental y pues irreal pared,
que en algún momento él, en un arrebato de atolondrado heroísmo decidió
levantar.